domingo, 17 de mayo de 2009

La sala revolver

Imagina la situación. Eran sobre las 4 de la mañana. Estaba en un club decadente perdido entre las callejuelas de nueva York. La sala Revolver era el nombre. Esa noche tocaba Franz, un homosexual reprimido junto con Ferdinand. Ferdinand era un apodo, Lou Reed era su nombre.


Estaba sentada junto a Charlotte, no le daba importancia al asunto, en verdad eran pocas cosas las que le importaban. El verde estaba entre ellas. Bill estaba tirado en el suelo, boca arriba. Nadie le molestaba, nadie se molestaba. Mientras, Caroline hablaba de su hija Lucy, nadie la escuchaba, solo yo la Leia los labios.


Entró Nuchi, saludó, tiró los candelabros de la mesa. Reía. Los colocó de nuevo y se puso a charlar con su futura cuñada, Claire. Un hombre semejante a un barril hablaba de la decadencia filosófica. Era barbudo, le llamaban Pepe Franco. Junto a él, Roger, quien debería estar escuchando las palabras de Charles. ¿Debería? No, ni si quiera era relevante a la situación. Mientras, Paúl daba vueltas sobre si mismo en el suelo. Un camarero le pasaba por encima con indiferencia.


Careen, adicta a la heroína desde los 20 años, tenia el maquillaje corrido por haberse pasado toda lo noche lloraba, le gustaban los excesos. Ahora se entretenía cortejando a Chefo, el motero con cara de castor. Green y Alfred se miran al gran espejo de la sala. Hablaban del matrimonio. Green estaba apunto de casarse con Claire. Era el dueño de la sala Revolver. Alfred llevaba demasiados años casado, recurría al alcohol con frecuencia, demasiada, me atrevería a decir. Franz y Ferdinand llevan tocando la misma canción durante horas, a petición de Caroline. Claire ha derramado su copa, siempre lo hace. Ahora esta de rodillas limpiándolo a la vez que se pelea con el camarero.


Un joven vestido de soldado entra con timidez a Revolver. Mira de un lado a otro. Toma asiento junto a Charlotte. Empieza a jugar con Bowie, el perro de Nico. La pequeña y dulce Nico. Padres drogadictos, menuda desgracia. Sigue siendo una niña. Alfred se le acerca:

-¡Los animales dominaran el mundo!

Y hecho una furia, se largó. Green, a falta de compañía, se dispuso a servirse una copa. Whisky con hielo, bebida de gángsters pensé. Como si me hubiese leído el pensamiento, se encendió un habano.


Chefo ahora estaba solo. Se reía. Probablemente de si mismo, o de Careen, que ahora charlaba con Nuchi. De sus bocas salían palabras y palabras. Seguramente hablaban de nimiedades. El joven, llamado Flea hablaba ahora con Charlotte. Ella reía sarcásticamente, mientras miraba al camaleón que el joven llevaba en el hombro. Él la miraba a ella. Como si fuese la única mujer que mereciese la pena de la Tierra. No quise sacar más conclusiones, asíque aparté la mirada.


Paúl había parado de dar vueltas. Estaba sentado junto a Cristine, su mujer. Él parecía buscar algo. Ella se reía, después se sonrojaba. Tenían aspecto de niños pequeños. Rechonchos, sonrosados y risueños. Vivo retrato de sus hijas (no viceversa). Cada día que les veía me preguntaba porque seguían viniendo a la sala Revolver.


Y así pasaban las noches. Día tras día, semana tras semana. Exceso tras exceso.

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